19. Tesoros en el cielo
19. Tesoros
en el cielo
“19 No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; 20 sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. 21 Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.”. Mateo 6:19-21
OREMOS
Tesoros en el cielo
1. Los tesoros en el Reino no son de este mundo
Es posible que después de estudiar estas lecciones de Mayordomía Bíblica, algunos puedan pensar que poner en práctica los principios financieros bíblicos que hemos visto, nos hace legalistas, pero es muy claro que nuestra salvación es por la pura Gracia de Dios, no por obras.
Recuerda que legalista es quien pretende ganar la salvación por obras, es decir, por medio del cumplimiento de la ley, de ahí la palabra “legalista” y en ningún caso nuestro objetivo es cumplir los mandamientos para ser salvos, sino por amor a Dios (Jn. 14:15). También se puede llamar legalista a quien añade a las Escrituras lo que le parece que podría hacerlo más santo y aceptable a Dios, pero que no es bíblico… cosa que tampoco hemos hecho aquí.
Podríamos aceptar que nos llamen “celosos”, pues amamos a Dios con celo y por eso obedecemos lo que nos ha mandado a hacer. Un celo fundamentado es un equilibrio entre el verdadero y profundo conocimiento doctrinal de las Escrituras —Ortodoxia—; la práctica y vivencia de este conocimiento —Ortopraxia— y la motivación, emoción y sentimiento, es decir, el deleite adecuado en la práctica de dicho conocimiento —Ortopatía—.
Además, y esto debería ser una fuerte motivación adicional, es que el cuerpo de Cristo debe ser diferente al mundo.
Así como la palabra de Dios llama al creyente a crecer hacia la estatura de Cristo, de la misma manera, la Iglesia es llamada a madurar en pos de ser la novia santa, pura y sin mancha para las bodas del Cordero, cuya meta se halla en el eterno y glorioso Reino de los cielos. Pero la doctrina de la prosperidad y, en general, el cristianismo de nuestros días, hace un triste, pero gran esfuerzo, para que la Iglesia se adapte al mundo y se parezca cada vez más a él, cuando la Escritura la llama a diferenciarse, cada vez más, de este mundo.
Cuando hablamos de “mundo” nos referimos a las cosas de este mundo y excluye el mundo venidero. Muchos que se dicen creyentes, piensan sólo o, principalmente, más en estas cosas de la tierra que en el cielo, en lo temporal más que en lo eterno, en el cuerpo más que en el alma, en agradar más al hombre (a sí mismo o a otros) que en agradar a Dios. A sus caminos, hábitos, prácticas, costumbres, opiniones, gustos, metas, espíritu y talante a eso nos referimos, a lo mismo que Pablo se refiere cuando dice:
“17Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor,...”. 2 Corintios 6:17
La mayordomía bíblica es una gran oportunidad de ser distintos y diferenciarnos del mundo, pues Dios nos demanda administrar la riqueza, el dinero y los bienes de una forma y para un propósito opuesto al del mundo, con la mirada puesta en lo que no se ve. En este particular, Jesús mismo nos advierte:
“22...pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa”. Mateo 13:22b
Y lo confirma el apóstol Juan:
“15No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. 16Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. 17Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”. 1 Juan 2:15-17
Así que, no podemos desilusionarnos por no ver un cambio instantáneo en nuestra vida, mejor aún, perseveremos, seamos diligentes y fieles hasta en los detalles más pequeños, pues son las zorras pequeñas las que echan a perder la viña (Cantar de los cantares 2:15), y con tu fidelidad verás como la fe te permite ver la amorosa mano del Señor en cada obstáculo haciéndote más fácil el camino.
Tenemos una inmensa responsabilidad como mayordomos encargados aquí en la tierra, pero esto nunca debe llevarnos a poner nuestra esperanza en las cosas de este mundo.
La Biblia inicia: “En el principio... Dios”. Así nuestra vida como creyentes y mayordomos delegados por nuestro Señor, ha de iniciar de la misma manera en Dios. Busquemos con toda nuestra alma, primera y prioritariamente, el reino de Dios como el lugar de nuestra ciudadanía y, su justicia, como una característica primordial de nuestras vidas. En cuanto al resto, todo provendrá del propio Señor, sin que tengamos que estar ansiosos por ello. Todo lo que es necesario para esta vida y para la piedad nos serán añadidas.
“33Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Mateo 6:33
Acerca de este pasaje, Charles Spurgeon decía en su devocional La chequera del Banco de la fe: “¡Qué promesa es ésta! Alimento, vestido, casa y todo lo demás, Dios asume la tarea de añadirlo mientras ustedes lo busquen a Él. Ustedes han de preocuparse por sus asuntos y Él se preocupará por los suyos. Cuando necesiten papel y cordel para envolver, les serán suministrados con la compra de bienes más importantes; y de igual manera, los bienes terrenales necesarios serán añadidos junto con el Reino. Quien sea un heredero de la salvación no morirá de inanición y quien vista su alma con la justicia de Dios, no podrá ser dejado por el Señor con su cuerpo desnudo. Abandonemos todo afán devorador. Concentren su mente en buscar al Señor. La codicia es pobreza y la ansiedad es miseria, la confianza en Dios es un patrimonio y la semejanza a Dios es una herencia celestial. Señor, yo te estoy buscando, haz que pueda encontrarte”.
Sólo cuando entendamos que vivimos para Dios en la tierra, estaremos aptos para aprender el verdadero significado de la vida eterna. Para los cristianos que viven en Cristo, el cielo no les será un lugar extraño, pues la realidad dominante allí es la misma realidad que domina para nosotros en la tierra: Cristo.
“Sea por la honestidad de su trabajo, sea por el respeto a la vida y a los derechos de su prójimo, sea por la ausencia de ansiedad y frustración de las cuales ningún régimen político o económico puede librar; la única posibilidad de vencer la frustración que resulta de estos sistemas (masificación, competencia, anonimato e irracionalidad humana) es la esencialidad del amor en el entendimiento y en la práctica de la mayordomía total. El cristiano está en el mundo, pero no es del mundo. Su vida en el mundo debe ser vivida en consonancia con el tipo de vida que él vivirá en la eternidad. Él vive en la tierra, pero hace tesoros en el cielo” (Sobrinho, 1990, 127).
Como mayordomos cristianos, nuestra responsabilidad significa encarnar los valores eternos en este tiempo; administrar el mundo material con el mismo sentido de responsabilidad con que administramos lo espiritual y rescatar el concepto bíblico de que el ser humano es colaborador, lugarteniente, mayordomo delegado, administrador de Dios en la tierra.
Este pasaje también nos amonesta a tener como único Señor a Cristo. No podemos decir que Él es nuestro Señor, si servimos a otro, ya sea las riquezas, el trabajo, otras personas, nosotros mismos, entre otros. Esto define si nuestro tesoro está en el cielo o en la tierra. Cristo nos llama a poner nuestra mente en las cosas de su Reino, mientras que otros señores nos llevan a centrarla en los asuntos de este mundo.
Por tal razón, la mayordomía bíblica, debe estar fundamentada
1. En el carácter de Dios porque el hombre fue creado a imagen y semejanza suya y por eso debe reproducir las virtudes del carácter de Dios (Recordar los atributos de Dios vistos en la enseñanza 2 El Señor Todopoderoso). Porque Él es el único ser inmutable y perfecto, el único juez absoluto, universal y eterno del carácter humano. Ninguna herencia cultural, genética, tradición o innovación dictada por el mundo en sus constantes transformaciones, debe distorsionar nuestro concepto de Dios, del hombre y del mundo.
2. Y, como su nombre lo indica, en su Palabra.
“El hecho de que un Dios soberano creara al hombre a su imagen, como su lugarteniente en la tierra, con dominio sobre ella y con un mandato de usarla para su Gloria [...] convierte al hombre en mayordomo de Dios y responsable ante Él por la manera en que ejerce tal dominio y usa su riqueza. La pauta para el ejercicio de esa mayordomía es la ley moral, originalmente según fue escrita en su corazón, y ahora, según está revelada en la Escritura. La caída en el pecado privó al hombre de su habilidad original para cumplir sus obligaciones ante Dios, pero no lo eximió del mandato que para siempre persiste como recordatorio de que depende de su Creador de quien fluyen todas las bendiciones, y para recordarle que nada posee en dominio absoluto” (Singer, 2003, 83-84).
Estas enseñanzas que he compartido aquí, vienen de un libro inédito que se llama Tesoros en el cielo - Mayordomía bíblica, el cual es una teología sistemática sobre la mayordomía o administración de las finanzas basada en las Escrituras, que reúne los principales principios en esta área, pero como en varias ocasiones les he dicho, la teología que se queda en teoría, no sirve de mucho, eso es sólo ortodoxia, necesitamos pasar a la ortopraxia, es decir que vivamos según la palabra de Dios y también a la ortopatía, es decir que vivamos en contentamiento y deleite el cumplimiento de la palabra de Dios en nuestras vidas.
“22Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. 23Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. 24Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. 25Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace”. Santiago 1:22-25
Nuestra perspectiva de las finanzas del Reino no puede estar influenciada por el materialismo de este mundo, esta forma de pensar aún está presente en la memoria de personas en África, Asia, Australia y América desde la colonización, la cual fue desarrollada más por aventureros en busca de riquezas, que por misioneros o conquistadores movidos por la pasión de predicar a Cristo y su verdadero evangelio, quienes, para descubrir oro, disiparon la riqueza de la tierra, destruyeron civilizaciones milenarias y no arruinaron totalmente estos continentes porque las riquezas que encontraron eran mayores que su destreza para el saqueo.
Mucho menos puede estar fundamentada en que
falsos maestros, como también lo hicieron los escribas y
fariseos de los tiempos de Jesús, tergiversan la relación
entre el dinero y la espiritualidad.
Los falsos pastores y maestros han promovido la idea de que la prosperidad material es el resultado de la superioridad espiritual, mentira que se cae por su propio peso al recordar a todos aquellos “que alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibiendo lo prometido” (Hebreos 11:39), estos hermanos “36…experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles. 37 Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; 38 de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra”. (Hebreos 11:36-38) Estos, cuyos nombres quedaron escritos en la inefable Palabra de Dios, no clasifican como hombres de fe, para los falsos maestros de hoy.
“En lugar de ceñirse a la fórmula bíblica que plantea que la responsabilidad fiscal le concede a los creyentes la oportunidad de ser bendecidos con un ministerio espiritual, los falsos maestros han enseñado que la bendición material es el resultado de la superioridad espiritual... Ésta es verdaderamente una definición extendida del evangelio actual de la prosperidad y no podría ser más errónea y no bíblica” (MacArthur, 2005, 69).
J. C. Ryle decía que “podemos estar seguros de que las riquezas y la grandeza mundana no son indicios seguros del favor de Dios. A veces, por el contrario, suponen un lazo y un impedimento para el alma humana, ya que la hacen amar el mundo y olvidarse de Dios” (Ryle, 2012, 356) y de su Reino.
Pero en respuesta a las enseñanzas erróneas de la doctrina de la prosperidad, Jesús enseñó en el Sermón del Monte, más contundentemente, la insignificancia de las riquezas terrenales y, por el contrario, instruyó a sus discípulos a tener una perspectiva correcta de las finanzas, desde la óptica del Reino de los cielos.
“19No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; 20sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. 21Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón... 24Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas”. Mateo 6:19-21, 24 [Lucas 12:32-34]
“De ese modo, si quiere que el Señor lo use en el fomento de su reino, tiene un gran incentivo para ser un buen administrador de las riquezas que Él le ha conferido. La forma en que maneje el dinero y las posesiones es crucial. Es un barómetro de su vida cristiana y una prueba de cuán bien entiende que las verdaderas riquezas son espirituales” (Mac Arthur, 2005, 63).
Cuando usamos todos los recursos que Dios nos ha conferido, ya sea dinero, propiedades, tiempo, energía o ideas para honrar a Dios, proveer para la familia y ministrar a otros, es decir, cuando invertimos en las verdaderas riquezas que son las espirituales, hacemos tesoros celestiales que no los puede destruir nada, ni nadie puede hurtar. La seguridad de nuestro futuro celestial proporciona la única garantía absoluta de nuestros tesoros.
2. Nuestro futuro
Las Escrituras revelan que hay un cielo y un infierno y para los que tenemos como destino el Reino de los cielos, habrá un juicio ante el Juez Justo, quien nos concederá diferentes coronas eternas para su Gloria. Por lo tanto, estas recompensas espirituales deben ser nuestro anhelo, nuestros galardones, no las temporales de este mundo.
Los elegidos del Señor registrados en la Biblia como Job, Abraham, Moisés, el rey David, Pablo, entre muchos otros, eran ricos e importantes, pero prefirieron los vituperios y sufrimientos por el Reino, antes que su riqueza y grandeza temporal y así mantuvieron su mirada puesta en el galardón.
“24Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de
Faraón, 25escogiendo antes ser maltratado
con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado, 26teniendo por mayores riquezas el vituperio de
Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón”.
Hebreos 11:24-26
Thomas Watson declara que “Basilio [solía contar] de una doncella, condenada a la hoguera, a la que se le ofreció conservar la vida y todos sus bienes si se postraba ante un ídolo, la cual respondió: "Valeat Vita, pereat pecunia" (Adiós a la vida y al dinero). Cuando la gloria de Dios pesa más para nosotros en la balanza y estamos dispuestos a perderlo todo antes que ver su Nombre menoscabado, santificamos a Dios en alto grado”. La certeza del futuro eterno de los creyentes en el reino de Dios debe determinar nuestra manera de vivir aquí en la Tierra y cómo manejamos nuestras finanzas.
Respecto a nuestro futuro como creyentes, tenemos tres cosas por seguro:
1. Que esta vida terrenal es corta y que la vida eterna es para siempre. Este cuerpo es una morada temporal para nuestra alma, pero por un cierto y corto tiempo. Nunca debemos olvidar esto, pues las Escrituras son claras en la fragilidad del hombre aquí en la tierra.
“4Hazme saber, Jehová, mi fin, Y cuánta sea la medida de mis días; Sepa yo cuán frágil soy.. 5 He aquí, diste a mis días término corto, Y mi edad es como nada delante de ti; Ciertamente es completa vanidad todo hombre que vive… 6Ciertamente como una sombra es el hombre; Ciertamente en vano se afana; Amontona riquezas, y no sabe quién las recogerá”. Salmos 39:4-6
“14Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo. 15El hombre, como la hierba son sus días; florece como la flor del campo, 16que pasó el viento por ella, y pereció, y su lugar no la conocerá más”. Salmos 103:14-16
Como decía J. C Ryle “por mucho que manipulemos, nos las ingeniemos, planeemos y estudiemos; a pesar de todas nuestras invenciones y descubrimientos, y de todos nuestros logros científicos, queda un enemigo al cual no podemos vencer ni desarmar: La muerte... [Todas y cada una de las vidas sobre este planeta, ricos o pobres,...] llegan a la misma conclusión: "y murió"” (Ryle, 2012, 358). Lo sucedido en el año 2020 con el caso del Coronavirus (Covid 19) y sus consecuencias funestas, nos muestran claramente la futilidad y lo pasajero de nuestras vidas y posesiones aquí en la tierra y cómo, en su Providencia, el Señor puede cambiar dramática y radicalmente las cosas de un día para otro.
Ryle continúa: “¡Ojalá que los hombres aprendieran a vivir como aquellos que un día tienen que morir! ¡Ciertamente es una miserable tarea el poner nuestro corazón en un mundo que se muere, y en sus comodidades que son tan pasajeras, y que por ganar un segundo de tiempo perdamos una gloriosa inmortalidad! Aquí trabajamos afanosamente, nos esforzamos y nos cansamos con tonterías, corriendo de aquí para allá como hormigas en un hormiguero; sin embargo, después de algunos años, todos habremos partido y otra generación ocupará nuestro lugar. Vivamos para la eternidad; busquemos una porción que jamás se nos puede arrebatar; y no olvidemos nunca la regla de oro de John Bunyan: "El que quiera vivir bien, haga del día de su muerte su compañero permanente"” (Ryle, 2012, 360).
O como decía Mathew Henry: “El trabajo de cada día, debería ser el prepararnos para nuestro último día”. O Thomas Brooks : “El último día de un creyente, es su mejor día”. También Martín Lutero solía decir: “En mi calendario sólo hay dos días: "El día de hoy" y "Aquel Día"”.
Vamos pues, en pos de “Aquel Día”. Ciertamente, comprender que tenemos un cortísimo tiempo y que pronto iremos a nuestro verdadero hogar, debe cambiar nuestra meta hacia la ciudadanía real en el reino de Dios, una eternidad que nunca termina. Entender esto debe llevarnos a invertir nuestras vidas, dones, tiempo y recursos financieros en las cosas importantes en el Reino eterno.
2. Que aquí somos peregrinos o extranjeros. Nunca debemos olvidar que estamos de paso, temporalmente, como dice Filipenses 3:20a: “20Mas nuestra ciudadanía está en los cielos,...”. Como peregrinos, debemos ver los bienes terrenales como una herramienta útil para los propósitos del Reino, no como objeto en los cuales depositar nuestra confianza y seguridad.
“17...conducíos en temor todo el tiempo de
vuestra peregrinación”.
1 Pedro 1:17b
La acumulación excesiva de cosas puede distraernos, enredarnos en este mundo presente o volvernos cómodos, pero las funestas consecuencias de esto es que nos volveremos ineficaces para la causa del Reino.
Por la providencia del Señor trabajé como instructor de buceo por más de 15 años y recuerdo que para sumergirme en el mar usaba muchos accesorios que eran obligatorios para estar bajo el agua, entre ellos debía usar una mascara para ver bien, un traje para protegerme, un tanque de aire como provisión para respirar, un regulador que me proporcionaba aire desde el tanque, un chaleco compensador de flotabilidad, unas grandes aletas que me impulsaban bajo el agua, entre otras cosas, y puedo decir que eran elementos que hacían que las inmersiones fueran seguras y además proporcionaban comodidad bajo el agua, pero una vez volvía a superficie ese equipo se volvía muy incomodo, además que era peligroso usarlo en tierra, así que lo primero que hacía era despojarme de todo eso… Más o menos así son las riquezas que acumulamos en esta tierra, nos prestan un servicio temporal, y las debemos usar sabiamente, pero si nos aferramos a ellas, pueden ser como un pesado tanque, una incomoda máscara y unas largas aletas que dificultan nuestra vida. Un fiel mayordomo debe tener claridad que las riquezas materiales tienen un fin y un uso muy limitado en esta tierra, pero que no debemos apegarnos a ellas pues se pueden convertir en un estorbo para nuestro caminar.
“Las cosas materiales son valiosas para los peregrinos siempre y cuando faciliten su misión y su peregrinaje,... [pero] pueden ser como cadenas alrededor de nuestras piernas, haciéndonos indiferentes a Dios. Si nuestros ojos se enfocan en lo visible, se alejarán del Invisible” (Dayton, 2005, 258).
“18no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas”. 2 Corintios 4:18
3. No nos llevaremos nada y todo será destruido. Debemos tener absoluta certeza de la naturaleza temporal de los bienes terrenales y esto debe determinar nuestra mayordomía porque las Escrituras reiteran constantemente lo pasajero de este mundo y de sus cosas.
“21...Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá...”. Job 1:21a
Asimismo, lo expresó el rey David:
“16No temas cuando se enriquece alguno, cuando aumenta la gloria de su casa; 17porque cuando muera no llevará nada, ni descenderá tras él su gloria”. Salmos 49:16-17
También el rey Salomón:
“24Porque las riquezas no duran para siempre; ¿Y será la corona para perpetuas generaciones?”. Proverbios 27:24
Y Pablo le escribió a Timoteo:
“7porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar”. 1 Timoteo 6:7
Además, el apóstol Pedro dejó en claro que todo bien terrenal será aniquilado.
“10Pero el día del Señor vendrá como ladrón en la noche; en el cual los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. 11Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, 12esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios, en el cual los cielos, encendiéndose, serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se fundirán!”. 2 Pedro 3:10-12
Y si alguien lo expresó de manera contundente, fue nuestro Señor Jesucristo:
“15Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee”. Lucas 12:15
Entonces, quitar la centralidad del evangelio en Cristo para otorgárselo al dinero, los bienes y las riquezas como la prioridad de nuestras vidas, tal y como nos instan los falsos maestros de la doctrina de la prosperidad; es ciertamente una total necedad.
Y estas desviaciones no son una novedad, las podemos encontrar en la época de los apóstoles, e incluso antes:
“6 Entonces Pablo, notando que una parte era de saduceos y otra de fariseos, alzó la voz en el concilio: Varones hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga. 7 Cuando dijo esto, se produjo disensión entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió. 8 Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu; pero los fariseos afirman estas cosas”. Hechos 23:6-8
Los saduceos eran un grupo religioso y político, muy poderoso entre los judios, como leemos en el verso 8, ellos no creían en la resurrección, ni en el mundo espiritual, y como consecuencia de eso, ellos esperaban todas sus recompensas en esta vida, de tal manera que creían que la bendición de Dios se medía en las riquezas terrenales… Como vemos, una mala doctrina, lleva a una praxis.
“Nuestras verdaderas riquezas están en el cielo. El mandamiento del apóstol Pablo: "Poned la mira en las cosa de arriba, no en las de la tierra (Colosenses 3:2)" debe estimular recordatorios constantes a frustrar las tentaciones incesantes que nos rodean y que llevamos dentro. Sin embargo, [...] muchas fuerzas en la sociedad actual, acelerada, de alta tecnología y orientada al consumidor le hacen una guerra implacable a la perspectiva bíblica sobre el dinero y las posesiones” (MacArthur, 2005, 67).
Como ya lo hemos visto, Dios ha prometido suplir las necesidades básicas de cada uno de sus hijos mientras estamos aquí. Incluso, Él nos sorprende porque, generalmente, nos da más de lo que merecemos, necesitamos o esperamos. Esto entonces, debe motivarnos a actuar como mayordomos o administradores delegados para invertir las finanzas de manera que nos provean una relación más íntima con nuestro Señor y en pro de sus propósitos, es decir, usando las cosas temporales para su plan, pero que lo eterno sea el objeto de nuestro deseo.
Con honestidad, hagamos nuestras, las palabras de Spurgeon, quien hizo este elocuente resumen: “El pacto antiguo fue un pacto de prosperidad. El nuevo pacto es un pacto de adversidad por medio del cual llegamos a detestar este mundo presente; haciéndonos aptos para encontrarnos con el mundo que ha de venir”.
Y las de Ryle: “Esfuérzate diariamente por comprender la verdad de que esta vida no es el lugar de la retribución: El momento en que seremos retribuidos y recompensados aún está por venir” (Ryle, 2012, 357).
Por esto, no debemos olvidar nunca que: “Somos mayordomos o administradores delegados de Dios aquí en la tierra para cumplir sus propósitos”.
3. Llamado al arrepentimiento
Por favor ora y medita en los textos bíblicos que hemos leído hoy, y pídele al Espíritu Santo que te muestre las inclinaciones de tu corazón y de tu mente, si la mayoría de tu tiempo estás pensando en los tesoros de este mundo, y es poco el tiempo que meditas en los Tesoros en el cielo, siento decirte que es evidente que las cosas materiales son más importantes para ti, en otras palabras has elegido el mundo como tu recompensa.
Y en este caso tendrás la recompensa que has elegido, y ese que hoy es tu tesoro muy pronto estará convertido en polvo y ceniza, pues todo en esta tierra está destinado a la destrucción… y la angustia y el terror se apoderarán de tu alma, pues verás como tu esperanza desaparece, debido a que la pusiste en las cosas que perecen y no en la única esperanza confiable que es Cristo Jesús… Corre a Cristo, arrepiéntete, confiesa tus pecados y pon tu esperanza sólo en Cristo, Él limpiará tu alma de pecado y te dará esas riquezas eternas para el disfrute de tu alma, además te dará sabiduría para usar las riquezas terrenales sin poner las esperanzas en ellas.
Corre a Cristo, aun estás a tiempo, pero hazlo pronto pues no sabes el día, ni la hora en el cual tendrás que dar cuentas de tu mayordomía. ¡Corre a Cristo!
Y recuerde:
El Señor dijo: “Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:16). Así como Aquel que lo llamó es el Rey eterno, un fiel mayordomo del Señor tiene su mirada puesta en el Señor Jesucristo y, sus tesoros eternos, en el reino de los cielos... “Tal es la generación de los que le buscan,...” (Salmos 24:6).
4. Legado para mis hijos
Es muy importante que nuestros hijos sepan que las riquezas mundanas tienen en sí mismas un principio de corrupción y decadencia, se marchitan por sí mismas ó se hacen alas y vuelan.
Lleva a tus hijos a ver sus viejos y deteriorados juguetes y muéstreles como en esta tierra nada dura para siempre, o pregúntales donde está dinero que les diste hace unos días y ellos ya lo gastaron… ese dinero hizo alas y voló.
Por más que nos esforcemos las cosas se dañan y el dinero sale de nuestras manos, por eso instruye a tus hijos a poner su mirada en lo celestial, instrúyelos para que hagan Tesoros en el Cielo, y a que miren las cosas de aquí abajo con un santo desprecio, como no dignas de ser comparadas con las riquezas eternas.
Recuérdales el tema del contentamiento y como este se debe fundamentar en las cosas eternas y enséñales que no deben contentarse con nada que no sean los Tesoros del Cielo, pues esas riquezas están guardadas en la caja fuerte de Dios, en donde no se dañan y en donde los ladrones no pueden robar.
¿Donde está tu corazón? Es la pregunta que debes hacerles con frecuencia, pues donde está su corazón estará su tesoro. Así como la brújula marca siempre el norte, el corazón del infante irá tras ese tesoro, ya sea terrenal o espiritual.
Y donde esté ese tesoro estará su interés, su amor y su afecto, y su corazón irá tras él… por eso la tarea del padre es que el hijo “ponga la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:2) para que sus objetivos y propósitos estén en el cielo y no la tierra.
Esta tarea debe ser acompañada de una vida ejemplar de los padres, de tal manera que los hijos vean en ellos, una fiel imagen de lo que enseñan con palabras, es decir, los padres deben ser personas integras, que vivan según lo que piensan y lo que hablan.
Oremos
Padre Santo, te damos gracias porque hoy nos has expuesto a tu Palabra y hemos entendido que nuestros tesoros deben estar arriba en el cielo y no aquí abajo en la tierra.
Enséñanos a poner siempre los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe, para que podamos ir levantado la vista hacia lo verdaderamente importante y que entendamos que mientras estemos en esta tierra debemos ser fieles mayordomos de lo que has puesto en nuestras manos, pero que esto que hoy debemos administrar con fidelidad, son como los útiles escolares que teníamos en la escuela primaria que sirvieron mucho en su tiempo, pero que no son más que unas posesiones terrenales que perecerán y que las verdaderas riquezas eternas son las que con la fe y la sabiduría que Tú nos das, vamos entregando día a día en tus manos para recibirlas cuando estemos contigo en la eternidad.
Amado Señor, no nos dejes a la deriva, arrebatados por corrientes de codicia y avaricia de cosas terrenales, sino que toma el control y orienta nuestro corazón hacia el contentamiento en los Tesoros en el cielo, que hoy no vemos, pero que la fe nos dice que están seguros en tus manos.
Todo esto te lo pedimos en el nombre de nuestro amado Salvador Jesucristo.
Amén.
Algunas palabras a tener en cuenta.
*Ortodoxia: Este término viene del término “orthós” que significa correcto, recto o sano, y “doxa” que significa doctrina, opinión o creencia. Podemos definirla como “Sana doctrina”, se dice de quien conoce la sana doctrina.
*Ortopraxia: Este término viene del término “orthós” que significa correcto, recto o sano, y “praxis” que significa práctica, acción, ejercicio. Podemos definirla como “Sana práctica” se dice de quien vive con una conducta adecuada según la palabra de Dios.
*Ortopatía: Este término viene del término “orthós” que significa correcto, recto o sano, y “pathos” que tiene que ver con los sentimientos. Podemos definirla como “Sanos sentimientos” se dice de quien tiene sentimientos deleitosos al vivir según la palabra de Dios.
La sana doctrina (ortodoxia) la encontramos en la Biblia, y por medio de ella nuestro corazón es lavado en el agua limpia de la palabra. Esto nos lleva a cambiar nuestra manera de vivir (ortopraxis) con la cual damos testimonio de nuestro nuevo nacimiento y también nos lleva a vivir en contentamiento (ortopatía) con nuestra nueva vida.
Estas tres juntas, deben estar presentes en la
vida del creyente.
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